BENNY MORÉ

 

Santa Isabel de las Lajas querida,..

Lajas mi rincón querido, pueblo donde yo nací

Lajas tengo para ti este mi cantar sentido

Siempre fuiste distinguida, por tus actos tan sinceros

Tus hijos_ son caballeros y tu mujeres altivas...

 

Cuando llegué a La Habana en febrero de 1962, el Benny Moré era una especie de mito viviente, forjado a lo largo de los años 40 y 50 del siglo, primero en México hasta 1951 y luego en Cuba hasta 1963 año en que muere. Se le escuchaba por todas partes a través de la radio y la televisión y él se presentaba también en publico en diversos lugares de la Isla, con su calida voz, inimitable, de cantante de gran estilo, de boleros, de sones, de montunos, de rumbas y otros aires cubanos.

De manera que cuando en la Academia de Ciencias me hicieron la invitación para ir con otros colegas a Santiago de Cuba para asistir a la celebración del 26 de julio de ese mismo año, me dijeron también, para convencerme seguramente, que allí estaría con su música el consagrado Benny Moré. A lo mejor hasta podría tocarlo! Hicimos el trayecto en bus por la noche y durante un largo trecho antes de dormir me fui conversando con el colega que me había hecho la invitación. Era un hombre jovial que se interesaba mucho por la música, por las artes y por la cultura, mas que por su profesión, que la ejercía con bastante amateurismo. Me habló mucho de la riqueza de la música popular cubana, de sus raíces y de sus cultores, cosa que resultó muy interesante para quien había llegado al país hacia cuatro meses. Por cierto tenia una gran admiración por el Benny, con quien mantenia mismo una cierta amistad. Me dijo que si el Benny y su orquesta estaban animando la manifestación popular, podríamos talvez saludarlo.

Llegamos a Santiago hacia las diez de la mañana, y después de instalarnos donde íbamos a alojarnos y tomar un ligero desayuno, nos encaminamos hacia el sitio donde estaba anunciada la concentración popular de la celebración del aniversario del asalto al cuartel Moncada. Por cierto, el discurso de Fidel era muy esperado, porque todo el mundo esperaba algunas definiciones políticas importantes. En todo caso, Fidel estaba anunciado para las 3 o 4 de la tarde y mientras tanto reinaba un aire de fiesta. Yo no me esperaba una manifestación de cerca de un millón de personas en Santiago. Cuando llegamos a las proximidades, cerca de la una de la tarde, la multitud era enorme y estaba ya allí la casi totalidad de los participantes que venían de otras ciudades de la Isla. En el centro de esa multitud, el Benny dirigía su Banda Gigante que difundía sus sones por encima de la enorme masa humana.

Al darse cuenta de eso, mi colega acelera el paso y me dice “allí en el centro está el Benny y tenemos que tratar de ir a saludarlo”. Yo me quedé pasmado en un primer tiempo y luego me puse a calcular en el enorme esfuerzo que teníamos que hacer para atravesar por ese mar humano hasta llegar a la tarima donde estaban instalados los músicos. Traté de desanimarlo, diciéndole que no tenia sentido, que yo, sudamericano, estaba tan distante del Benny, exuberante y espectacular, que no me iba a dar la mas mínima pelota y luego lo íbamos solo a molestar. No hubo manera de convencerlo y lo seguí demorando tiempo en vencer los  obstáculos propios de una multitud que en gran mayoría en ese sector parecían venir de afuera, muchos de muy lejos, aportando sus sacos de viaje y provisiones para la alimentación.

Cuando logramos acercarnos a la tarima donde ejercía sus talentos y virtuosidades el Benny, yo pude apreciar no solo la música sino también el verdadero espectáculo que era su puesta en escena. Vestido de blanco, con sombrero guajiro instalado con mucha gracia dirigía su orquesta con el mismo bastón que le servia de apoyo para caminar. Con su bastón, esgrimido con gestos inigualables, dirigía su orquesta y al mismo tiempo se servia como elemento de equilibrio en sus graciosas evoluciones sobre el escenario. Era verdaderamente un espectáculo completo para la vista y el oído. Entusiasmo, simpatía, gracia y estilo podrían ser los términos para describir el espectáculo de su interpretación, todo ello haciendo abstracción de su estado de salud que se resentía en esos días del ultimo verano tropical que iba a vivir.

Mi colega, me arrastró prácticamente para hacerme subir al escenario, precisamente en el momento en que terminaba de interpretar el “Son de la loma”. El Benny reconoció a su amigo, le dio fuertes abrazos e intercambiaron algunas palabras, después de lo cual mi colega me presentó como un amigo de Cuba que venia de Chile a trabajar en la Academia de Ciencias y en la Universidad de La Habana. Yo estaba intimidado, el personaje que tenia delante mío era fuera de lo común, era una personalidad exuberante que irradiaba simpatía, sus ojos chispeaban de energía, su voz de tenor modulaba las palabras con calor tropical. Me dio la mano y luego me abrazó y hecho esto se volvió hacia el publico y pidió silencio, yo pensé que para comenzar otra canción, pero no, era para presentarme como un amigo de Cuba que venia a trabajar junto a los cubanos para construir una vida mejor. Como otros latinoamericanos, dijo, venia a hermanarse con el pueblo cubano tras los objetivos de la revolución. Salud y gracias hermano! fueron sus palabras para terminar su improvisación. Grandes aplausos le respondieron. Yo no sabia donde meterme con esta salida del Benny, porque mi manera de ser es mas bien la discreción y nunca me habría esperado ser presentado de ese modo a una multitud de casi un millón de personas.

El Benny era así, enormemente espontáneo y extrovertido, situándose lejos de todo formalismo y de las convenciones sociales que consideraba injustas o fuera de época. El “bárbaro del ritmo”, como le solían llamar los cubanos, hacia honor a este nombre cantando maravillosamente ya sea con ritmo rápido (como rumbas y guarachas) ya sea con cadencias suaves y lentas como el bolero, aprendido y compartido con su creador Pérez Prado. Su repertorio era vastísimo y la mayoría de sus interpretaciones forman hoy parte de los grandes clásicos de la música popular. Hoy en Internet, en el sitio You Tube, el interesado en la música cubana encontrará un repertorio muy completo de las interpretaciones del Benny, dando cuenta de la enorme herencia que nos legó a pesar de una existencia que no iba a durar demasiado. Muere a los 43 años, acabado por una vida de bohemia, de placeres y de excesos que era como la condición misma de la exuberancia de su arte interpretativo.

Yo no sé cual habría sido el destino del Benny si hubiera vivido en los años mas duros de la revolución que iban a venir, pero que pocos en esos años podían vislumbrar. Cuando muere, su popularidad en la Isla era solamente comparable a la popularidad de Fidel Castro, el líder de la revolución. Lo cierto es que a sus funerales realizados en su lugar de nacimiento, Santa Isabel de Las Lajas, concurrió una multitud de mas de doscientos mil personas que lloraban y lo aclamaban al mismo tiempo. Fueron como funerales nacionales, sin que haya habido convocación oficial, pues el Benny Moré era un hombre que por su propia personalidad era demasiado libre y poco inclinado a comprometerse políticamente. 

 

 

 

 

 

 

 

UN CHINO EN LA SIERRA CRISTAL

En mi estadía en Cuba tuve también la suerte de conocer un poco la Sierra Cristal. Con otro colega y amigo habíamos logrado concertar un acuerdo entre la Escuela de Geografía y la empresa nacional que explotaba el níquel en el nororiente de la isla, en la localidad de Moa. Cuba era en los años 1960 el primer exportador mundial de níquel y para el gobierno la producción ininterrumpida era un objeto de preocupación importante. Había que mantener bien aprovisionada una población que aseguraba la obtención de divisas. El proyecto consistía en explorar los recursos, las condiciones y las posibilidades de asegurar el aprovisionamiento alimentario de una población en la época de alrededor de 10 000 habitantes. Ese pueblo o pequeña ciudad había surgido en torno a la explotación de las minas y ninguna otra actividad tenia importancia en la región.

La primera vez, hicimos el viaje en avión desde La Habana a Santiago de Cuba y desde allí en un pequeño aeroplano Sikorsky hasta Moa. Íbamos a volar en la peor hora del día, mas bien desaconsejada por los expertos para volar sobre esa cordillera, a causa de la fuerza de las corrientes convectivas del trópico, al final de la mañana. Cuando embarcamos, nuestro piloto estaba ya instalado, un hombron de gran volumen que entraba a penas en la carlinga del aparato. Durante la hora que duro el viaje, mi compañero y yo la vimos de todos colores pensando que la llegada a Moa era mas que problemática. El aeroplano, un Sikorsky con dos plazas disponibles para pasajeros, no solamente se sacudía sino furiosamente sino que de tiempo en tiempo se daba el gusto de caer bruscamente varias decenas de metros, lo que nos metía en todos los estados.

Mi compañero de viaje, colega y amigo Juan Pérez de la Riva, hombre de una cierta edad, soportaba mal las sacudidas y sufría de vértigos al mismo tiempo que no cesaba de vomitar.  Parece que “hasta aquí no mas llegamos” dije en una de esas al piloto, quien a todo esto piloteaba impertérrito, no se inquietaba para nada y parecía mas bien gozar con el bailoteo del aparato. “No hay porqué inquietarse, este es un vuelo normal”, me dijo girando un poco la cabeza y sonriéndome amistosamente. Llegamos finalmente a un pequeño aeropuerto no lejos de Moa, nuestro estado era lamentable como resultado del dancing aéreo y nos descolgamos del avión con dificultad. También nuestro piloto tuvo dificultades para desembarcar, pero no tanto por su exceso de peso sino ¡ sorpresa ! porque tenia una sola pierna. La otra, según nos dijo cuando habiendo recuperado nuestro animo y conversábamos con él, la había perdido en un accidente de su avión hacia varios anos, tocado por corrientes excesivamente fuertes cuando hacia el mismo trayecto. Nos explico que él volaba en las horas de fuertes corrientes solamente si estas no eran excesivas, y por su larga experiencia él sabia diferenciar a ojo éstas de las otras menos fuertes. Nos dimos cuenta que no había sido  sin razón nuestra inquietud a todo lo largo de la travesía del Escambray.

Moa era en ese entonces una población de no mas de diez mil habitantes, su urbanismo era según el modelo de las implantaciones de los enclaves mineros de las grandes compañías americanas. Viviendas de campamento, organizadas geométricamente en cuadrados, bajas de un solo piso, con servicios comunes. Con servicios tan comunes que las duchas y WC no solo eran completamente abiertos sino que las instalaciones estaban alineadas en filas frente a frente y sin puertas, de modo que todos los usuarios de un lado evacuaban sus necesidades a la vista de los de enfrente. Difícil de imaginar las razones de tal disposición. Qué otro objetivo de los consejeros en psicología colectiva sino el de minar la moral de los trabajadores, exponiéndolos a la humillación y a la vergüenza !

Como en toda Cuba, en Moa había también la famosa libreta de racionamiento, que por cierto era válida solo cuando los almacenes del Estado estaban aprovisionados, pero si no, no servia para nada y había que ingeniárselas para encontrar un producto en el mercado negro. Lo que menos escaseaba eran las legumbres y las verduras, productos sobre los cuales siempre había un mercado activo entre negro y libre. Este hecho raro en la isla, evidentemente nos llamó la atención y nos pusimos a encuestar de donde provenían los productos. Descubrimos que una parte minoritaria venia de los alrededores de la ciudad, pero muchos de los comerciantes se aprovisionaban mas lejos, de una producción proveniente de la Sierra Cristal. En realidad todo venia de un mismo lugar en la Sierra Cristal. Pensamos que íbamos a visitar un grupo de campesinos hortaliceros, pero nos equivocamos completamente. Había un único productor que resulto ser un ciudadano de origen chino que, instalado en plena superrficie lateritica había logrado habilitar una hectárea y media de terreno para cultivos hortícolas. La laterita (del latín later, o ladrillo) es una concreción de color rojo o marrón  que se forma por alteración de las rocas bajo clima tropical, los suelos son delgados y pobres en silicio y en elementos nutritivos  es de perfil mas bien superficial y rico en hidróxidos de fierro o aluminio. En la Sierra Cristal, en superficie se presenta como una costra fragmentada en pequeñas porciones, como si se tratara la corteza fragmentada de las confieras. Por norma es inepto para la agricultura, aunque se presenta en muchos lugares con una vegetación bastante densa.

El hombre había llegado a la Sierra Cristal hacía tres años, cansado de trabajar en un ingenio azucarero de la provincia bajo las órdenes de mandamases, que él juzgaba muy críticamente. Tenia esa edad indefinible de los asiáticos, pero seguramente se acercaba a los cincuenta años. Había tenido muy claro que la penuria de aprovisionamientos iba a ser un problema permanente en Cuba y en vista de eso había decidido dedicarse a producir hortalizas y verduras para si mismo pero también con la idea de vender a otros. Cuando joven había adquirido conocimientos y experiencia en el pequeño huerto que poseía su padre cerca del ingenio azucarero. Su padre le ayudó a instalarse y a transformar el espacio lateritico en tierra fértil. Todo un  año estuvo en estos preparativos, tuvieron que acarrear tierra arcillosa de las laderas de la sierra y en algunas partes que triturar la laterita para hacerla polvo, consiguió que en el ingenio le dieran algunas toneladas de bagazo para agregar materia orgánica a la tierra. Como su padre no pudo ayudarlo en la instalación de un sistema de canguilones, indispensable para subir agua de un arroyo permanente que pasaba doscientos metros mas abajo de la parcela, él se ocupó solo de su construcción y puesta en marcha. En el segundo año tuvo ya una buena producción, pero no vendió gran cosa, aunque si fue descubierto por algunos habitantes viviendo mas abajo en la Sierra. Empezó a hablarse de él y se hizo conocido. Al tercer año venían camiones de Moa a comprarle la verdura y las legumbres.

El hombre vivía para trabajar, no tenia otros objetivo en la vida, no tenia casa en la parcela y se había instalado simplemente con una tienda de campaña y una hamaca, vivía muy aislado y no practicaba ninguna clase de sociabilidad, su contacto con el país y con el mundo era a través un pequeño radio-transistor. No sabia gran cosa del mundo pero seguía atentamente todo lo que concernía a la revolución china y en particular al presidente Mao, por quien sentía una enorme respeto y simpatía. ¿Cuanto tiempo iba a vivir en su tienda de campaña? Difícil de decir, pues parecía que allí se sentía como pez en el agua. Era un verdadero fenómeno, un “hijo de la virgen Maria” habría dicho un guajiro que había quedado maravillado observando un grupo de chinos en sus festivales de barrio de la ciudad de La Habana. Se había quedado maravillado con los danzantes y las guirnaldas y banderas azules y blancas que agitaban sin cesar, haciendo múltiples piruetas.

El ejemplo de nuestro hortalicero no iba sin embargo, a ser imitado por otros, a lo menos en los años de la revolución. La revolución, tiene en todas partes donde se produce, una profunda desconfianza y miedo de los campesinos por considerarlos individualistas, con poca aptitud a la organización y por lo mismo siempre desconfiados. Por lo mismo tiende a expropiar y liquidar al pequeño campesinado y a transformarlos en asalariados de las granjas estatales. No sé si Fidel se enteró de la existencia del campesino chino de la Sierra Cristal, pero aun si se hubiera enterado, no habría en ningún momento imaginado instalar allí un campesinado venido de China.

Fidel tenia su propia idea de la Sierra Cristal: hacer agricultura en gran escala en las tierras lateritica. Pero no para hacer unas cuantas hectáreas sino miles de hectáreas, como si se tratase de las llanuras sedimentarias del Massachussets Alguien le vendió la idea de hacerse asesorar por un agrónomo italiano, hombre de edad ya avanzada, de nombre muy rimbombante pues pertenencia a la nobleza italiana, y que según decían, tenia experiencias en las tierras difíciles de montaña. Recomendó a Fidel de emplear los buldózer para construir terrazas en las colinas de la Sierra, pero muy pronto se vio que la roca dura estaba mas cerca de la superficie que previsto y que era casi imposible de imaginar la creación de terrazas agrícolas. No se le ocurrió que la solución había sido encontrada : por el chino, quien aprovisionaba casi solo a la ciudad de Moa y que le habria ido muy de otra manera negociando una inmigración venida de China, en una época en que mantenía buenas relaciones con la revolución Maoísta. Al ritmo de producción de Li, el hombre que aprovisionaba Moa, podría haberse perfectamente imaginado unas cuantas centenas de campesinos chinos instalados en la Sierra Cristal alimentando con productos frescos toda la población del Oriente.

 

FACETAS DEL PODER MEGALOMANIACO

Fidel Castro tenia pocos miramientos por la “democracia formal”, término empleado muy licenciosamente por la izquierda latinoamericana para referirse a la vieja institución occidental. Este error iba a tener un costo elevado en muchos países. En realidad, Fidel poseía una personalidad que se avenía muy mal con una representación de la democracia que atendiera a las virtudes del intercambio de opiniones y al consensos como resultado del aporte de los diferentes participantes en el juego político : él monopolizaba todo el espacio discursivo y donde él se instalaba desaparecía toda otra jerarquía subordinada, se apropiaba del lugar y de los poderes subordinados, de modo que donde él estaba no había ninguna otra autoridad, él asumía todo el universo, llenaba todo el espacio, se sustituía a todos.

Podría citar muchos casos ilustrativos pero para muestra un botón. En una oportunidad, a petición de un grupo de chilenos residentes en La Habana interesados en contar con su apoyo para montar un programa político a través de Radio Habana dirigido hacia Chile, el comandante estuvo de acuerdo para reunirse con nosotros. Era la época en que gobernaba en Chile la Democracia Cristiana, con Eduardo Freí Montalvo como presidente. Fidel dijo que le interesaba conversar con nosotros del asunto. Nos imaginamos un intercambio de ideas y de información, pero en realidad fue él quien habló de Chile largamente y no nosotros, los chilenos. Fiel a su costumbre de hacerse esperar, Fidel llegó con cuatro horas de retardo a la casa del compañero chileno, elegida para la ocasión porque tenia diversos espacios que podían servir para unas doce o quince personas, que era el número previsto. Se instaló confortablemente en un sillón colocando las piernas sobre la mesa baja, hizo algunas bromas sobre la fuerte borrasca que acababa de pasar y se encendió un nuevo cigarro habano.

Nos hizo parte de los temas que le preocupaban para la construcción de una economía cubana sólida, nos habló de la importancia de la solidaridad internacional y de los compromisos de Cuba con los pueblos latinoamericanos. Nuestro asunto chileno se fue desdibujando en la medida que una grandiosa estrategia estaba siendo enunciada por el líder. No fue posible una discusión sobre el anclaje de los postulados revolucionarios en otra realidad que la cubana, sobre una vía no insurreccional para el socialismo, por ejemplo. El “modelo” cubano, según él, era válido dondequiera y en cualquier tiempo. Estaba de acuerdo para un programa radial critico del gobierno de la democracia cristiana en Chile, teniendo en cuenta que esta corriente ideológica y política era la alternativa yanqui para contrarrestar la revolución en Latinoamérica.

El programa existió y fue relativamente escuchado en Chile y en otras partes, pues Radio Habana había sido dotada de emisores de alta potencia dirigidos hacia el continente. El contenido del programa tuvo un marcado acento “castrista”, no por culpa de Fidel, sino de nosotros mismos y principalmente de los dos periodistas chilenos encargados de su dirección. Muchos años después, yo llegué a la conclusión de que fue un gran error político, que iba en la línea de acelerar la catástrofe que amenazaba al país.

En esos primeros años de la revolución, sólo los inocentes podían dudar de las ambiciones de poder de Fidel Castro, pero esto parecía normal tratándose de un líder político que había realizado una proeza homérica, mas preocupante que eso era la extraordinaria propensión de la gente a crear y cultivar el culto del líder y a personalizar inconscientemente el desarrollo de la historia presente. Yo debo confesar que sensibilizaba con desconfianza el tema de la concentración y centralización del poder en una sola personalidad pero el fenómeno era a tal punto fomentado y estimulado por centenas y centenas de miles de personas, que dejé de inquietarme. Las motivaciones del pueblo obedecían a diversas causas : unas por reconocimiento al hombre victorioso sobre la dictadura, otros por las promesas de una vida mejor, otras por la inocencia o la pasión, muchos por el oportunismo, (permanentemente a la búsqueda de la proximidad de los hombres de poder). La posibilidad de evitar los excesos del líder dependía de las gentes mismas, pero éstas, en su gran mayoría parecían estar obnubiladas por el líder y lejos de hacerse inquietudes por la democracia.

Después de tres años de revolución era evidente que las masas en que se apoyaba Fidel, poseyendo mayoritariamente un bajo nivel educacional, carecían de formación cultural humanista, de formación técnica o superior y por cierto, en las condiciones de la larga dictadura batistiana, no habían tenido la oportunidad de desarrollar una cultura democrática. La gente culta y los profesionales y técnicos de la burguesía habían tomado el camino del exilio. En tales condiciones, el pueblo cubano estaba de cierta manera condenado a ser victima del “abuso de poder” de parte del líder carismático, el cual con el transcurrir del tiempo iba a abusar desmedidamente del temperamento jovial, bon enfant, despreocupado y sentimental del pueblo cubano. Un “abuso de confianza” que dura hasta hoy… Mas de 40 años de reinado absoluto…

La  tensión entre el discurso del líder y las prácticas posibles se resolvía con frecuencia en el voluntarismo utópico y generalmente terminaban en fiasco. Entre lo razonable y lo utópico no habían mediaciones posibles ni creíbles. La mayor parte de los años sesenta transcurrieron para la revolución en una sostenida tensión entre la utopía y el realismo. Un día se trataba de rodear la periferia de la Habana con plantaciones de cafetales cultivados a pleno sol (variedad Robusta), el otro, de abrir con buldózer densas redes de caminos en lugares de la Sierra Maestra casi inaccesibles y abandonados casi completamente por sus habitantes después del paso del ciclón Flora. En fin, otro día, el lanzamiento de la campaña para producir 10 millones de toneladas de azúcar de caña, cuando en realidad todo indicaba que no habían condiciones para lograr esa meta ilusoria. Imposiciones voluntaristas, como muchas otras, terminadas todas catastróficamente.

Creo que esos primeros años fueron para mi decisivos en cuanto a lo que yo no quería o detestaba de las prácticas políticas impuestas e irrazonadas que se justificaban sin embargo bajo la invocación del socialismo. De cierta manera me incubaron la duda acerca de la posibilidad de un socialismo democrático no impositivo ni autoritario saliendo espontáneamente de las iniciativas revolucionarias de los lideres radicalizados arrastrando consigo al pueblo y de la toma del poder por la vía violenta. Miradas las cosas desde lejos, es posible que yo haya iniciado allí mi conversión a posiciones socialdemócratas en la perspectiva del cambio. En todo caso, la ilusión iba todavía a durar. El franco viraje hacia la aceptación imitativa y caricatural del modelo soviético por la dirección cubana a partir de 1967, iba a ser decisivo en mi resolución de regresar a Chile, sin tener muy claro lo que iba a hacer pero decidido a participar en mi propio país en el proceso político.

Creo que fue también en esa época que yo comencé a decirme que la política era antes que toda otra consideración el “arte de gobernar”, es decir, menos una técnica o metodología formalmente establecida o reconocida, y, sobre todo, tampoco el resultado de voluntarismos egocéntricos, sino que era mas bien una búsqueda de equilibrios, de negociaciones, de matices, de diversidad. Era mas bien el arte de la creación imaginativa, la práctica de las mediaciones y de las negociaciones. Por ejemplo, yo nunca entendí porqué el socialismo debía identificarse forzosamente con el colectivismo integral, cuya caricatura iría a estar representada por la nacionalización hasta del micro comercio ambulante. La eliminación de sectores de pequeños servicios y de la pequeña economía no hacia mas que acentuar las carencias y las dificultades de la vida cotidiana de los cubanos.

Por facilidad o por voluntarismo, nunca en Cuba, hubo un debate serio sobre la posibilidad de hacer coexistir interés individual e interés colectivo en el terreno de la práctica económica y productiva, en particular al nivel de las medianas y pequeñas economías. La lógica de esta tendencia a todo estatizar, hasta lo mas micro, me parecía obedecer a la voluntad de neutralizar toda iniciativa o acción individual despojando al individuo de su capacidad autónoma de subsistencia y por lo mismo de una mínima fuente de autonomía o de resistencia, todo ello supuestamente en provecho del éxito del proyecto socialista que, en buenas palabras, iría siendo poco a poco expropiado al ciudadano cubano, en beneficio de la satisfacción de los móviles de la élite gobernante y de sus seguidores. El resultado final podía preverse, el proceso iba en el sentido de la centralización y de la concentración megalomaniaca del poder.

Con toda su carga de éxitos y errores criticables, la entrada al socialismo había sido creada por la conquista del poder lograda por Fidel Castro y sus hombres. Ese problema, de cómo llevar las fuerzas revolucionarias al poder fue algo que me interesó particularmente pensando en las características propias de la problemática chilena. La forma que adoptó la toma del poder por los revolucionarios cubanos era algo que muchos imaginaban podía ser fácilmente imitada en América Latina. En esos tiempos marcados por la apología de la guerrilla para la conquista del poder, numerosos revolucionarios chilenos no escapaban tampoco a esos sueños y por lo mismo, la cuestión de las condiciones locales en que se dio la campaña victoriosa de la guerrilla del ejército rebelde de Fidel Castro me interesó particularmente y la ocasión de hacer terreno sobre la cuestión se presentó haciendo en la Sierra Maestra una estadía prolongada. Pasé seis meses viviendo, trabajando y recorriendo la Sierra Maestra, en los lugares donde tuvieron lugar algunos combates al interior de la cuenca del río Contramaestre, con ocasión de un programa de formación e investigación universitaria (en la línea de “la Universidad al Campo” deseada por Fidel Castro).

Fidel salió victorioso de la montaña, es cierto, pero se olvidan las condiciones locales en que fue posible la resistencia, la consolidación y después la victoria de la guerrilla. Creo que las características naturales de esas montañas ofrecían condiciones excepcionales para hacer la guerra con las armas convencionales de entonces, pero sobre todo su peculiar topografía ofrecía condiciones excepcionales para la seguridad de los combatientes. La topografía de la Sierra Maestra corresponde a lo que los geólogos llaman un peniplano antiguo, es decir, una meseta original disectada por las aguas dando origen a valles organizados a partir de líneas resistentes de roca, lo que hace que los diferentes valles son accesibles “desde arriba”, por interminables senderos que se sitúan sensiblemente al mismo nivel de altitud. Desde esos senderos, de izquierda a derecha, todo movimiento de seres humanos o animales puede ser observado y por lo mismo controlado o eludido. En el caso extremo de bombardeo de los escasos aviones de Batista, el dictador, a los combatientes rebeldes les bastaba deslizarse por las laderas del lado opuesto desde donde provenía el ataque poniéndose asi a resguardo. Eso explica que el ejército rebelde tuvo muy pocas victimas en los enfrentamientos con las fuerzas batistianas.

La sobrevivencia prolongada de la guerrilla contaba además con el carácter benigno del clima subtropical de la Isla. Esto fue fundamental para su éxito en una área geográfica al fin de cuentas reducida, como es la Sierra Maestra, de muy baja densidad de población, nada comparable a otros escenarios donde el éxito de la guerrilla había conducido a la formación de verdaderos ejércitos con el apoyo de movimientos populares urbanos. Aquello de las condiciones geográficas fue mas fundamental que la adhesión del escaso campesinado pobre y acorralado por la dictadura que, es cierto, desde el primer día se puso del lado de los revolucionarios. Era claro que nada de esto era comparable a los escenarios naturales de la Cordillera de los Andes en el centro y sur de Chile, donde algunos imaginaban espacios cordilleranos susceptibles de servir para hacer la guerra de guerrillas. El MIR chileno iba a hacer la triste experiencia, unos años mas tarde, en 1981 mas exactamente.

Cuba iba a ser una experiencia formadora desde muchos puntos de vista, pero sobre todo me iba reforzar en una serie de aproximaciones que yo me iba haciendo de la política y sobre todo de ciertos aspectos de importancia que interpelaban la representación que yo me hacia de la construcción del socialismo. La incompatibilidad del “culto de la personalidad” con un gobierno democrático me parecía lo mas inquietante.

En la primera mitad de los sesenta, para mi, como para tantos otros Cuba representaba un laboratorio social y político lleno de promesas. La revolución buscaba su camino, se interrogaba sobre el modelo de sociedad que quería construir. La diversidad de influencias y de opciones posibles estaba en el ambiente, medio mundo intelectual, científico, técnico y político se sentía obligado de visitar la Isla . El debate estaba abierto en cuanto al futuro de la revolución, en las asambleas sindicales y de tipo político se podía tomar la palabra y hacer la critica de ciertas decisiones políticas, las prácticas de los organismos oficiales y sus responsables podían ser también objeto de crítica. Me acuerdo haber públicamente denunciado de “obrerismo revolucionario” a la administración de la Academia de Ciencias, bajo la dirección científica del Capitán Núñez Jiménez, sin que haya sido molestado en absoluto. Por debajo del discurso oficial sobre la construcción del socialismo hay que decir que todo estaba por crear y por inventar. Aquéllos que tenían un buen nivel de formación, experiencias o ideas para montar proyectos interesantes o prometedores eran rápidamente invitados a trabajar para el Estado. De cierta manera, a pesar de las necesidades y exigencias de la obligada “vigilancia revolucionaria” podría decirse que una suerte de “democracia socialista”, de confianza y de solidaridad parecía bien funcionar “por abajo”. 

Sin embargo, el peligro del “culto de la personalidad” y de la dictadura autoritaria estaban allí bien presentes. La deriva del bolchevismo soviético hacia el culto de la personalidad era bien conocida, pero en el caso de Fidel Castro el fenómeno aparecía no como resultado de un agenciamiento de las estructuras del partido en provecho de su propia unidad y legitimidad (en realidad, en Cuba el partido existía porque Fidel asi lo quería, haciendo con ello gracia a su hermano Raúl, que él si era comunista), sino como algo que se impuso desde el primer momento de manera espontánea gracias al carisma del combatiente de la Sierra Maestra y a las falencias propias del pueblo cubano ya aludidas en cuanto a una representación viable de la democracia. Creo además que contribuyó de manera importante a los ojos del pueblo la representación muy difundida por la propaganda revolucionaria según la cual Fidel era el digno sucesor de Martí y del héroe de la guerra de la independencia Antonio Maceo, guerra popular anticolonialista, usurpada por los americanos en una intervención militar que dejó una profunda huella de rechazo en el imaginario cubano.

El fenómeno del fidelismo en los primeros años de los sesenta, precisamente  por su espontaneísmo, no me pareció suficientemte peligroso, sobre todo sabiendo que en todo tiempo las personalidades han jugado un rol importante en la historia, pero poco a poco lo excesivo del fenómeno se transformó en un motivo de preocupación teniendo en cuenta el gigantesco voluntarismo de Fidel Castro y el ningún deseo que tenia de someter a las urnas el monopolio del poder. A partir de 1967 ya parecía  evidente que el líder, hasta allí pudiendo ser asimilado a la imagen conocida del caudillo latinoamericano, se apartaba de esa figura clásica para afirmar su poder autoritario sobre un engranaje copiado a la letra del modelo estalinista de la URSS.

 

 

 

 

 

 

SOBRE LAS CENIZAS DE UN CAÑAVERAL

Yo poseo varios diplomas de estudios superiores los cuales no han sido nunca expuestos en los muros de las diferentes casas que he habitado ni en mis sucesivos escritorios y de algunos ni siquiera guardo copia. Sin embargo, desde que lo obtuve en La Habana, siempre ha estado a la vista un diploma de cortador de caña de azúcar voluntario, otorgado en junio de 1965 por el Sindicato de Trabajadores de la Educación, el cual expongo permanentemente en mi escritorio. Es un diploma sin ostentación, sin bordes dorados y con grandes caracteres manuscritos, pero que tiene como tela de fondo un cañaveral de un precioso color verde. 

En la Cuba de los años 60, el trabajo voluntario en el corte de caña, la llamada zafra, era una actividad en la cual participaba la casi totalidad de la población activa, los sindicatos y las organizaciones sociales se encargaban de promover y organizar la participación de los trabajadores, los dirigentes de la revolución se encargaban de los discursos movilizadores, a veces dando el ejemplo en medio de los cañaverales. La mayor parte de los voluntarios lo hacían con entusiasmo y algunos con pasión revolucionaria, otros participaban a regañadientes sea porque no seguían la revolución, sea por comodidad propia de los habitantes urbanos despreciando el trabajo de los campesinos, otros mas racionales porque consideraban que el trabajo de los voluntarios era de baja productividad y económicamente no era rentable. Para los lideres revolucionarios, el interés económico era de segundo orden, lo importante para Fidel y sus compañeros era el valor educativo, su rol en la formación del hombre nuevo, en producir un pueblo revolucionario.

En esos años yo era profesor invitado en la Universidad de la Habana y consideraba que si el llamado trabajo voluntario era efectivamente voluntario y no obligado por presión política, o bajo cualquier amenaza que sea, podía ser una práctica educativamente interesante. No era por ideología que yo creía en esta posibilidad sino porque en toda mi vida de estudiante y de profesional adulto había caminado siempre como quien dice “con los dos pies”, es decir combinando lo intelectual con lo manual y sobre todo con la proximidad del trabajo rural ligado a las actividades del pequeño campesinado. La agricultura y la explotación del  bosque eran actividades que me ligaban al medio natural en cuyo seno yo me sentía bien. El proyecto universitario cubano era para mi, como una continuidad de un modo de vida y una manera de pensar, cosa que continua siendo hoy, cuando me aproximo de los 80 años, una fuente de equilibrio personal, de cierta manera un modo de vida. Para mi era entonces natural participar en los trabajos voluntarios ligados al campo. Y fue asi como me encontré en diversos campamentos de cortadores de caña y en otras diversas situaciones y circunstancias.

En una de esas ocasiones pasé un mes entero en un campamento, cerca de Santa Clara, ciudad llena de historia, no lejos del ingenio azucarero que debíamos abastecer. Era la segunda vez que me afrontaba al oficio de cortador de caña, pero solamente durante una semana la primera vez, y la idea de volver a realizar la faena no dejaba de interesarme. En realidad, yo había descubierto en esa ocasión, que el esfuerzo físico necesario desplegado a lo largo de ocho horas de trabajo en el campo era en parte compensado por el placer resentido una vez que se adquiere el ritmo y la cadencia armoniosos en el movimiento del cuerpo, de la mano y del brazo realizando los tres tiempos del corte del paquete de caña atrapado en su base. Me parecía un ejercicio completamente gimnástico y hasta artístico. Yo estaba en esa época en la treintena, y desde chico el esfuerzo físico en actividades manuales o productivas hacían parte de mi equilibrio personal y desde que podía me implicaba. Además, pensado en términos de interés personal, ese trabajo voluntario venia a suplir mis falencias en cuanto a practicar algún deporte. Nada de extraño entonces que en esta segunda temporada de zafra yo haya batido con dos otros compañeros en condiciones normales el récord universitario de corte : casi 400 arrobas de caña, claro bastante lejos de los cortadores de vanguardia, que pasaban de 600 arrobas. Esta perfomance explica el diploma que me ha acompañado en todas mis peregrinaciones.

Si el trabajo de corte en un cañaveral normal no quedó grabado en mi memoria como pesado y desagradable, sin embargo otros aspectos de la vida de campamento y del campo eran poco simpáticos. Por ejemplo, la dificultad de coexistir con el universo de mosquitos que nos obligaba a inventar estrategias para evitar sus asaltos, combatiéndolos permanentemente o tratando de encontrar refugio en alguna parte. Por la noche obligados a envolvernos completamente en un mosquitero cuidadosamente insertados sus bordes entre el cuerpo y la hamaca. En el campo, es decir en los bordes del cañaveral, era extremadamente desagradable el acoso de los mosquitos a la hora del almuerzo, se atacaban a la cara y sobre todo a las manos, dificultando la tenida del plato y el manejo de tenedor y cuchillo. Todo eso bajo un sol de plomo. Yo descubrí una parada que daba resultado si en una superficie ya libre del cañaveral se encontraba una palmera en medio del campo: allí la brisa soplaba regularmente al mediodía y comienzos de la tarde y los mosquitos estaban ausentes. Yo partía con mi ración y comía a la sombra del tronco de la palmera, y ¡verdadero lujo!, me permitía a veces hasta algunos minutos de siesta estirado en la dirección de la sombra protectora. Estas acrobacias eran parte obligada de una actividad que se hacia en condiciones difíciles. Salir del cañaveral para ir hacia los bordes donde estaban instalados los grandes tanques que nos aprovisionaban en agua era también un momento difícil pues los mosquitos preferían concentrase en las guardarrayas, esos anchos caminos, como avenidas, entre los diferentes paños del cañaveral que servían de protección contra incendios a la vez que facilitaban la circulación y las faenas de transporte. El combate allí era rudo.

Estas eran las vicisitudes cotidianas de los cortadores participando en una zafra normal. Otra cosa era si el corte no era en un cañaveral en condiciones normales sino en un cañaveral quemado por un incendio. Esto ocurría no con tanta frecuencia como podría imaginarse dado el exceso de calor en la temporada de zafra, correspondía mas bien a circunstancias humanas ocasionales, un descuido de alguien, a un resto de cigarro  mal apagado, no creo que por sabotaje. Un incendio de cañaveral es como un espectáculo de juegos artificiales, alucinante, feérico y a la vez temible y amenazante para los que se encuentran en medio de los extensos campos de caña. La consigna era conocida: desde que se lanzaba la alarma todo el mundo debía alejarse del centro del cañaveral siguiendo las guardarrayas mas próximas en dirección de las salidas hacia los campos despejados. Como se sabe, las consecuencias de un incendio de cañaveral se traducen en una pérdida rápida del contenido en sacarosa de los tallos de caña, de manera que el corte debe realizarse a mas tardar al dia siguiente. La pérdida en un dia que pasa puede ser de hasta el 25 o 30%.

En mi segunda semana de estadía en el campamento se desencadenó un fuego voraz que se transmitió muy rápidamente a otros sectores del cañaveral vehiculado por las cañas que explosionaban y volaban  encendidas como cohetes por encima de nuestras cabezas y de las guardarrayas de protección. Me encontré de golpe con un compañero que también buscaba una dirección para escapar, por suerte no había humareda, lo que habría transformado la situación en desesperada, nos pusimos a correr del buen lado y nos felicitamos de llegar a un lugar seguro. Sin embargo, nuestra inquietud no se terminó hasta cuando supimos que todo el mundo estaba a salvo.

Lo nuevo era que había que salvar el rendimiento de las cañas chamuscadas. Mientras mas temprano al día siguiente se entrara al campo incendiado tanto mejor. Eso significaba que la hora de comienzo de la faena debía adelantarse hacia las 4,30 de la mañana, todavía entre dos luces, cuando en situación normal la hora de inicio era a las 6, 30 de la mañana.

Con un grupo de 20 compañeros nos hicimos cargo de un paño de un par de hectáreas incendiadas, entrando sobre las cenizas todavía calientes y a veces sobre materia seca todavía encendida. El cañaveral era un escenario caótico, inimaginable para quien admiraba la elegancia de las altas plantas en verde diferentemente iluminadas por el sol tropical en su recorrido diario. Los tallos chamuscados estaban todos tendidos y entremezclados en un intrincamiento infernal y para poder cortar había que hacer proezas. Toda armonía en los movimientos propios de un corte normal era impensable y nos dimos cuenta que teníamos por delante un verdadero enemigo al cual había que tratar a punta de machetazos a diestra y siniestra. Mas de la mitad de los componentes del grupo eran jóvenes de origen boliviano que estaban en Cuba siguiendo estudios universitarios o en “formación revolucionaria” es decir en entrenamiento para-militar o militar. Eran todos bravos muchachos, macheteaban con entusiasmo y bravura en medio del infierno de la caña, de la ceniza y del polvo levantado por la faena. Despertaron mi admiración y les dije que había que celebrar cuando termináramos. Mas tarde, tres de ellos iban a volver a su país como componentes de la guerrilla del Che.  

Ese día paramos el trabajo a las 10,00 de la mañana, para recomenzar un poco mas temprano que lo acostumbrado, a las dos de la tarde, después de un almuerzo y de un reposo reconstituyentes, habiendo tenido derecho ese día a un poco de guarapo en vez del agua habitual proveniente de los grandes tanques ya recalentados al mediodía. Terminamos nuestra tarea a las seis de la tarde, saliendo del campo como fantasmas ennegrecidos, semejantes a esas imágenes de mineros de las antiguas minas de carbón.

La incomodidad provocada por la verdadera capa de ceniza que nos cubría, asi que la fatiga y el calor reinante, no nos permitían pensar en otra cosa que ponernos debajo de una buena  ducha, manera de decir en la circunstancia, puesto que las duchas de que disponíamos se reducían a dejarnos caer sobre la cabeza y todo el cuerpo el agua contenida en vasijas alimentadas por grandes reservorios instalados en la proximidad del campamento. De allí, a pesar de todos los esfuerzos que desplegábamos salimos todavía todo tiznados. Doce días después de esta faena volví a la Habana y tuve la sorpresa inesperada de ver que al ducharme el agua se ponía todavía de color oscuro.

Pero antes de abandonar el campamento, el grupo de “los tiznados” nos reunimos para festejar nuestra victoria sobre el “negro” enemigo. Guarapo y cerveza para acompañar los frijoles, sones y cumbias salidos de la guitarra de un “héroe” boliviano de la batalla de las cenizas…

 

 

LA UNIVERSIDAD EN LA SIERRA MAESTRA

En 1966 pasé seis meses seguidos viviendo y recorriendo la región del río Contramaestre en la Sierra Maestra, en donde tuvieron lugar algunos importantes combates del ejército rebelde contra la dictadura de Batista. Yo había llegado a la Habana a comienzos de 1962 contratado por la Universidad para dar cursos en la escuela de Geografía y en la Escuela de Planificación. También realizaba investigaciones en el Instituto de Geografía de la Academia de Ciencias. Había pasado mas de tres años en la Universidad y no dejaba de sorprenderme que el cuerpo de profesores se inquietaba muy poco, por no decir casi nada, por los programas de investigación y por las publicaciones de resultados. Sin hacer una critica de fondo pero muchas veces insinuando la necesidad de un debate sobre el problema, la verdad es que yo comenzaba a aborrecer los discursos revolucionarios detrás de los cuales se escondía la comodidad, la incompetencia, o simplemente el desinterés.

El problema parecía mas generalizado de lo que yo pensaba y sin duda fue lo que decidió un día a Fidel Castro “a enviar la Universidad al campo y a las industrias”, para formar los jóvenes estudiantes en contacto directo con la realidad y para despertar su interés por los estudios de la realidad. A mi se me apareció desde el primer momento como una idea que podría permitir romper el inmovilismo científico e intelectual universitario. Por cierto había que ver como iban a manejarse las condiciones y los problemas de organización ligados a la implicación de cada facultad o escuela en esta política de abrir o ventilar la Universidad. En realidad, Fidel no perdía el tiempo en esas menudencias y un día las escuelas de Geografía y de Planificación recibieron la orden de irse a la Sierra Maestra…La Escuela de Geografía en gran completo, con biblioteca,  mapoteca, maquinas de escribir y todos sus papeles estaba obligada a partir para instalarse en campamentos improvisados en lugares de la Sierra Maestra como Santo Domingo, pico Caracas, Jibacoa, Loma Azul y otros. 

La decisión “revolucionaria” desde arriba no dejó de sembrar un cierto pánico entre profesores y estudiantes todos muy revolucionarios, en el discurso al menos. Estos últimos en alto porcentaje estuvieron de acuerdo y se mostraron entusiasmados con la idea de abandonar el cascarón de las salas de clase, pero del lado del cuerpo de profesores la reacción no fue en absoluto de entusiasmo, mas bien critica y negativa. La mayor parte de ellos hizo presente problemas de salud, problemas familiares u otras obligaciones con tal de no participar  inmediatamente a la deslocalizacion de la Escuela. Por lo demás esta deslocalizacion no tenia fecha de término. En la mayor parte de los casos eran pretextos para evitar la aventura de lo desconocido, de lo incierto, de lo inconfortable. Para gente que llevaba una vida urbana normal de profesionales de clase media esta reacción me pareció completamente comprensible. Para ellos era imposible concebir el funcionamiento de una Escuela universitaria deslocalizada en plena montaña, sin infraestructuras mínimas, sin carreteras de acceso, sin comunicaciones fáciles, sin servicios médicos…

Por lo mismo, el día J  de la partida no fue una sorpresa que solamente nos hayamos presentado dos profesores, yo y una colega muy decidida que no hablaba mucho pero era eficaz y creía de verdad en la revolución, mas nuestro director que se embarcó para dar el ejemplo y acompañar a la treintena de alumnos de la Escuela. Montamos escritorios, sillas, máquinas de escribir, etc. de la secretaria y de la dirección y nosotros mismos en tres camiones militares ZIL, de fabricación soviética, grandes y resistentes aparatos adaptados mas bien a las condiciones naturales de Rusia pero que se portaron muy bien en la montaña. Atravesamos la mitad de la isla y después de cruzar el río Cauto nos internamos por el valle del Contramaestre, los camiones siguieron el lecho escabroso del río que por suerte en ese momento traía muy poco caudal y pronto nos cayó la noche temprana propia del trópico. El viaje fue penoso y a veces inquietante. La noche era muy oscura pero las luces de los camiones iluminaban la parte baja del valle que a veces se estrechaba en desfiladero y dibujaban en la altura las cimas espectaculares de la montaña.

En dos ocasiones fuimos sorprendidos por fuegos alumbrados en la altura, encendidos por gentes que se agitaban en torno a él y cuyas conversaciones no podíamos escuchar por la distancia o el ruido ensordecedor de los camiones. ¿Eran algunos contrarrevolucionarios aislados?, ¿Eran ladrones de ganado? No lo sabríamos exactamente sino por boca de la gente que íbamos a encontrar mas tarde  en la región. Era mucho mas simple: eran campesinos que en la noche sacrificaban ilegalmente una vaca o dos para vender la carne en el mercado negro lo mas rápidamente posible. 

Llegamos a nuestro destino a las 10, 30 de la noche. Santo Domingo era un lugar sobre una estrecha terraza del río, allí vivían algunas familias que no habían abandonado la sierra después del paso del devastador ciclón Flora y donde no existía ninguna casa o galpón desocupado que hubiera podido servirnos para pasar la primera noche. No había mas que la solución de amarrar las hamacas a troncos de árboles y dormir en medio del bosque, todo eso no nos ocupó mucho tiempo, pues todo el mundo tenia el hábito de practicar la hamaca cuando salía al campo.

Los treinta de la Escuela de Geografía debíamos establecer en Santo Domingo un campamento, especie de cuartel general para nuestras investigaciones en la sierra. Debíamos también crear las condiciones para recibir otro contingente de estudiantes provenientes de la Escuela de Economía y de un Instituto Tecnológico de suelos y fertilizantes. Yo fui designado responsable del campamento y encargado de su instalación, de organizarlo y de dirigir las actividades docentes y de investigación. Hacer todo eso partiendo de la nada era mas que un pequeño desafío…Clavos, martillo, serrucho, cuerdas y alambres era todo nuestro bagaje en instrumentos y materiales para construir las estructuras mínimas de un campamento improvisado. El resto había que encontrarlo y sacarlo del bosque. Habíamos transportado tres carpas militares con una capacidad para contener en su interior 20 o 25 hamacas cada una. Por suerte para nosotros, encontramos en el lugar los sitios adecuados para levantarlas: en los rectángulos planos  representados por los secaderos de café abandonados por sus propietarios a causa del ciclón Flora. Las carpas cabían allí a la perfección. Pero había que construir con troncos de árboles las estructuras internas, caballetes y largueros  capaces de resistir el peso del conjunto de las hamacas ocupadas por sus usuarios. Entre ese trabajo y la construcción de letrinas, mesas, bancos y otras instalaciones a partir de la madera bruta, nos pasamos casi un mes entero. La prioridad era a la supervivencia y eso la mayor parte de los estudiantes lo entendió bien, incluso aquéllos de escasa simpatía por la revolución que se inquietaban sobre todo por la pérdida de tiempo para iniciar las actividades de enseñanza y definir y dar comienzo a las investigaciones de terreno. En este primer periodo yo pasé cuatro meses, comprendido el mes de instalación, sin salir de la sierra, ocupado en coordinar o dirigir los diferentes equipos en sus investigaciones de terreno.

Fuera de la actividad propiamente científica y de los avatares de una operación que de ninguna manera era aceptable en la larga duración, para mi, esta experiencia fue rica en observaciones y reflexiones sobre puntos importantes de interés  político- militar para mi propia cocina. La cuestión de las condiciones locales en que se dio la campaña victoriosa de la guerrilla del ejército rebelde de Fidel Castro me interesaba particularmente y la ocasión se presentó con  esta estadía prolongada en lugares donde hubo combates en la cuenca superior del río Contramaestre (Santo Domingo, Jibacoa y otros). Las características naturales de esas montañas ofrecían condiciones excepcionales para hacer la guerra con las armas convencionales de entonces, pero sobre todo ofrecían condiciones excepcionales para la seguridad de los combatientes. Pero de esto he hablado ya en otra parte.

Sobre Fidel y su relación con el poder yo aprendí también algunas cosas. Durante los dos primeros meses de nuestra estadía en la Sierra los contactos con el exterior habían sido mínimos : un camión que llegaba cada quince días para aprovisionarnos de los alimentos de base, dos o tres profesores que de tanto preguntarse cual iba a ser su destino en la Universidad habían decidido juntarse con nosotros en la montaña y asumir sus tareas en el nuevo contexto. En el tercer mes, un atardecer, casi de noche y de improviso, llegó Fidel al campamento. Nos habíamos retirado temprano al descanso pues habíamos estado en terreno todo el día y yo había recorrido unos quince Km. de senderos de montaña acompañado de tres estudiantes y nos cayó la lluvia de una tormenta tropical antes de entrar al campamento. Me había tendido en la hamaca al llegar y comenzado a dormir cuando fui despertado por un ruido ensordecedor que venia del lado del río. Me levanté de un salto, me puse las botas, tomé la pistola y salí corriendo en dirección del río. Cuando bajaba hacia el lecho del mismo por un estrecho sendero, zas!, me encuentro a boca de jarro con Fidel en persona subiendo con su mochila a la espalda y su Kalachnikov al hombro. Lo seguían tres civiles y su guardia personal.

Me preguntó por la esposa de un capitán del ejército rebelde que allí vivía y lo acompañé hasta la vivienda de ésta. Tenia prisa en ver a esta mujer para darle explicaciones de porqué había ordenado encarcelar a su marido a pesar de toda la estima que sentía por él, pues este campesino había sido un excelente combatiente y un excelente organizador de la red local que ayudaba a los guerrilleros  ganándose legítimamente el grado de capitán. En La Habana, al calor del triunfo revolucionario, este hombre se había entusiasmado con las chicas habaneras y una de ellas lo acusó directamente a Fidel de haber sido victima de violación. Sin ir a buscar mas lejos el Comandante había ordenado su arresto: la moral revolucionaria no admitía dudas. Mientras conversaba con la mujer, yo me ocupé de saber donde podrían alojarse los recién llegados y llegué a la conclusión que no había mas remedio que liberar una de las tres carpas para ponerla a disposición del Comandante y su gente. La cuestión fue  planteada a los estudiantes para preguntarles quienes querían o podían abandonar su tienda de campaña y colgar sus hamacas en los árboles. Todos quisieron dejar la suya y hubo que tirar al cara y sello…

La guardia personal tomó posesión de la tienda y Fidel se les reunió unos minutos mas tarde. Pensé que seria bueno ofrecerles café y pedí a nuestro cocinero que prepare una abundante cantidad como para que todo el grupo se sirva. Todo el aromático liquido salido del mejor arabica local fue puesto en una gran jarra y le dije al cocinero que vayamos a la tienda de Fidel. Yo me presenté a la guardia como responsable del campamento, presenté a nuestro cocinero y dije que veníamos a ofrecer café al Comandante y sus acompañantes. Uno de los guardias llamó al jefe, quien era conocido en Cuba como el Chino, en realidad un verdadero perro de presa, salió de la tienda, pidió la garrafa de café, puso un poco del liquido en un vaso, lo probó y lo escupió con gran aspaviento, diciéndonos que no servia, y a reglón seguido vació todo el contenido de la garrafa. De gracias, nada…

Al día siguiente Fidel permaneció en la tienda de campaña, de la misma manera que sus otros acompañantes, entre ellos el Presidente de la Universidad de La Habana, y un miembro del partido. Yo pensé que dada la presencia de la autoridad universitaria iban a interesarse especialmente por el programa de estudios en la Sierra, puesto que Fidel había sido el promotor de la idea y que se hacia acompañar precisamente del Presidente de la Universidad quien seguramente, pensaba yo, debería estar muy interesado en saber por detalles de nuestra experiencia. Nada, ninguna iniciativa en este sentido no llegó de la parte de nuestro Presidente. Nada de organizar una reunión de trabajo sobre nuestra actividad científica y de enseñanza, que era para nosotros la cuestión mas importante. Ningún interés por discutir  colectivamente sobre lo que hacíamos, sobre los resultados obtenidos o sobre las condiciones de nuestra existencia en la Sierra.

Yo decidí quedarme en el campamento, esperé hasta las once de la mañana algún signo viniendo de nuestro Rector, o de la tienda del Comandante. Al fin y al cabo yo era responsable del campamento y del programa de investigaciones, el Director de la Escuela estaba ausente y no había otro interlocutor responsable. Como no llegó ningún signo, decidí seguir mi programa de trabajo con un equipo de tres estudiantes y hacia las once de la mañana nos alejamos del campamento hasta unos 10 Km. de distancia. A nuestro regreso, al caer la noche, unos estudiantes que se habían entrevistado con Fidel me dijeron que al día siguiente tendría lugar una asamblea presidida por el Comandante. Esa noche fue agitada para todos nosotros, porque de repente a eso de las 10,00 horas, sobre la vertiente de la montaña, se presentaron luces provenientes de potentes focos al mismo tiempo que el ruido de motores. Preguntamos de qué se trataba y desde la tienda del Comandante se nos dijo que no nos preocupáramos, que se trataba de bulldozers que estaban abriendo caminos en la Sierra.

La asamblea tuvo lugar a las tres de la tarde a la sombra de un Ficus gigante, Fidel hizo instalar en el tronco del mismo un mapa rudimentario de la región en que nos encontrábamos y tomó la palabra. durante poco mas de una hora. Había hecho importar desde Francia una docena de buldózeres Berliez y asignado varios de ellos a la construcción de caminos en la Sierra en esta zona devastada por el ciclón Flora y era necesario que ellos trabajen día y noche para facilitar la repoblación de la región. Hizo la historia del Flora, la necesidad de asentar muchos campesinos en las zonas desvastadas para asegurar la alimentación de los cubanos, etc., etc. Todo estaba acelerado por su voluntarismo. Se suponía que nosotros, los universitarios íbamos en un plazo prudencial a entregar resultados de nuestras investigaciones para evaluar precisamente las condiciones y las posibilidades de localización de nuevos campesinos en la Sierra. Fidel estaba ya haciendo abrir los caminos y según pudimos observar las máquinas estaban pasando incluso por lugares donde no había nada que hacer. Un poco como la carreta delante de los bueyes. El ritmo era impuesto por la voluntad del líder y a los demás no le quedaba sino seguir… Nuestros informes serian solicitados por el Partido, “con extrema urgencia”, dos meses mas tarde.

Fidel andaba con su idea fija del repoblamiento de la Sierra Maestra y todo lo demás no tenia importancia, ocupaba y monopolizaba todo el espacio con su voluntad de fierro. Donde él se instalaba hacía desaparecer toda otra responsabilidad, toda otra instancia de decisión local o colateral, su presencia opacaba todo a su alrededor, su tema del día era lo importante y su decisión de abrir los caminos estaba tomada, la problemática de los universitarios y sus estudios e investigaciones estaba a mil leguas de su espíritu y por cierto fue la gran ausente de la visita del líder. El presidente de la Universidad, por su lado, no hizo la mas mínima aparición, no tomó ninguna iniciativa hacia nosotros, su familia universitaria, a tal punto que nos preguntamos qué diablos había venido a hacer aquí en nuestro campamento sin siquiera buscar el contacto con los estudiantes y los profesores que hacían una práctica mas que difícil. Sabíamos que desde un cierto tiempo aparecía como el favorito con quien Fidel se trasladaba por distintos puntos de la isla, talvez porque tenia como él pasta de deportista, pero no nos imaginábamos hasta qué punto llegaba a ser dependiente del poder personal de Fidel.

Fue para la mayoría de los estudiantes una gran decepción, excepto para algunos que obedeciendo a diversas consideraciones habían ido en algún momento a conocer o a rendir pleitesía al Comandante. Ellos estaban muy contentos. Por mi parte, yo no me sorprendí de nada, puesto que ya me había hecho una idea del personaje y su manera de actuar en la práctica, fuera de los discursos, por haber estado en su proximidad en otras circunstancias.

 

 

 

 

 

INVESTIGAR Y SOBREVIVIR EN LA SIERRA

En la Sierra Maestra, arriba del río Contramaestre, “en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme “ y que no sale ni en las fotos aéreas ni en las cartas cubanas consultadas, desplazándonos desde Santo Domingo, establecimos un campamento de 30 personas a unos 10 km de Loma Azul, punto culminante de las montañas que rodeaban el valle por ese lado, un lugar terriblemente rocoso, de difícil acceso y con muy escasos campesinos dispersos. El campamento estaba situado en el fondo de un valle y daba acceso a vastas laderas que debíamos recorrer en nuestras tareas de reconocimiento del terreno. Estábamos a una altura significativa al interior del gran valle del Contramaestre y expuestos a quedarnos aislados por efectos de las lluvias torrenciales tropicales. Si es cierto que teníamos aprovisionamientos en granos y en fideos para mas de un mes antes de que nos reabastezcan, para todo lo que era carnes dependíamos enteramente del estado del tiempo y del estado de los transportes.

En esta ocasión, nuestra estadía en la Sierra Maestra se presentaba con rasgos insospechados y tuvimos algunas dificultades para sobrevivir y para desarrollar nuestro trabajo. No contábamos ni con enfermero ni con médico y tampoco con un encargado de la higiene. Habíamos ocupado algunas casas de campesinos que habían abandonado la Sierra con ocasión del gran huracán Flora y que luego nunca mas volvieron a pesar de que Fidel creía que iba a hacerlos volver. Las casas estaban abandonadas desde hacía dos o tres años y eran visitadas por toda suerte de alimañas, ratones, lagartijas, alacranes, etc. Las pulgas se habían instalado a permanencia. Lo más detestable eran los ratones que se hacían presentes incluso en pleno día, después de almuerzo en particular. Enviamos mensaje hacia el llano en Jibacoa, para que nos envíen desratizadores, pero fue letra muerta hasta cuando ya estábamos cerrando el campamento para ir a otro lado. 

Después del almuerzo, nuestro cocinero, a veces por descuido, dejaba sobre los restos del fuego los grandes calderos que servían para preparar la comida, los dejaba vacíos y sin lavarlos, expuestos muchas veces al sol, y desde que eso sucedía los tiestos eran invadidos por la ratas que arrancaban despavoridas cuando sentían la aproximación de alguien. Había que tener muchas precaución con los tiestos, dejarlos siempre boca abajo y antes de utilizarlos volver a lavarlos con agua hirviente.

En las noches había que ser muy puntilloso con la protección personal. Yo en tal sentido era muy riguroso: la primera medida era dar un fuerte puntapié para sacudir la hamaca y evacuar los ocupantes eventuales, principalmente algún escorpión, luego comprobar que las protecciones estaban bien instaladas, que el poncho relativamente ligero estaba efectivamente en el fondo de mi hamaca de lona gruesa ( protección por debajo) y que el mosquetero estaba bien desplegado por encima. El sistema completo era que, a una cierta altura de la hamaca se tendía en la misma dirección de ésta una gruesa cuerda de la cual pendía el mosquitero. En la noche a la hora de disponerse a dormir era necesario atrapar todos los bordes de la tela para meterlos debajo del poncho y apretar éste con el cuerpo, de manera que no quede ningún orificio de entrada. Una vez hecha esta operación, un poco penosa de realizar desde la posición acostado, yo podía disponerme a dormir sin inquietud. Incluso, a veces, antes del sueño me entretenía en escuchar como se balanceaban en la cuerda superior los inmundos animalejos.

No todo el mundo tomaba las mismas precauciones, o durante el sueño entre un movimiento y otro el arreglo protector se deshacía y dejaba los pies o la punta de los dedos al descubierto. Fue lo que le ocurrió a una joven estudiante que se hizo picar el dedo grande del pie y con ello se atrapó una hepatitis. Al tercer día los síntomas de la enfermedad fueron visibles y el problema que no hallábamos como resolver era la manera de evacuarla hacia Manzanillo, la ciudad más próxima donde había hospital y medios para el tratamiento. Sin transporte propio y nadie que viniese en vehiculo desde el llano, no tuvimos otra solución que salir a la búsqueda de un campesino que tuviera una mula, además de su propio caballo, y contratarlo para acompañar a la joven hasta Jibacoa donde normalmente debía haber un vehiculo motorizado disponible. El viaje iba a ser largo, cuatro horas a lo menos, siguiendo por el lecho escabroso del Contramaestre. Demás está decir que su recuperación fue larga, tuvo que ir a medicinarse a La Habana y se vió obligada ese año de hacer abandono de los estudios.

Lo que temíamos sucedió, se presentaron unas lluvias torrenciales durante un periodo de quince días, claro con algunas intermitencias, pero los caminos se hicieron intransitables para cualquier vehiculo motorizado. A los 25 días seguíamos esperando, hacía dos semanas que no teníamos carne, pues de nuestra central no habían podido enviar dos o tres vacas desde el llano. Esto era lo habitual que recibíamos para el mes cuando las condiciones climáticas y de aprovisionamiento lo permitían. Tampoco recibíamos ninguna verdura ni papas, es decir, nada fresco. Algunos habíamos tomado la iniciativa de salir muy temprano a recolectar mangos silvestres para la jornada, lo que nos aportaba una fruta fresca y muy deliciosa, además de permitirnos la disminución del consumo de masas y granos. Claro, había que alcanzarlos a punta de lanzar piedras y palos hacia arriba pues los árboles eran de gran altura, pero a las siete y media de la mañana teníamos ya cada uno una docena o mas para el día.

En el campamento precedente no tuvimos ese problema y como el estado de ánimo del grupo empezaba a preocuparme, después de hacer algunas consultas tomé la decisión de liberar un día de la semana para salir en busca de algún tipo de animal, lo que sea, aves, corderos o vacas. Los estudiantes se dividieron en cuatro grupos según afinidad y partieron hacia la montaña en cuatro direcciones diferentes a la búsqueda de campesinos que ya habíamos detectado u de otros que podían existir en la región. Yo, y tres estudiantes decidimos ir a visitar al único campesino que estaba a mitad de camino de Loma Azul, un solitario que sabíamos alimentaba algunos puercos. Todo el mundo partió temprano, a las ocho de la mañana. Los cuatro que íbamos a visitar al hombre de la crianza de chanchos salimos un poco mas tarde porque hubo que resolver previamente dos o tres pequeños problemas. Sin embargo, como teníamos que visitar un solo interlocutor y se trataba de una simple ida y vuelta fuimos también los primeros en regresar al campamento. Efectivamente, el hombre criaba puercos, pero el problema es que había salido por todo el día y su esposa no podía decidir sola. Si, había puercos para la venta y, precisamente, su esposo había salido a buscar compradores. Nos dijo de volver al día siguiente, ouf !

Hacia las cinco de la tarde empezaron a regresar los diferentes grupos, los vimos descender las colinas arrastrando, o empujando hacia abajo, sendos sacos cargados de productos diversos, papas, yucas, verduras. Un grupo tuvo la suerte de comprar un chivo, una hembrita en realidad, enteramente blanca y juguetona que inmediatamente iba a ser adoptada por las seis jóvenes estudiantes que nos acompañaban y que por cierto iban a oponerse a que sea sacrificada. La adoptaron como mascota. Y quedamos en lo mismo: nada de chivo, ni cordero ni chancho. Todas nuestras esperanzas de comer carne se cifraban ahora en el animal que íbamos a ir a buscar al día siguiente y que no era seguro si estaba destinado a nosotros.

Partimos cuatro a su búsqueda y después de dos horas de camino por el lecho de un arroyo de montaña llegamos a nuestro objetivo. Tuvimos suerte porque era el único que le quedaba al hombre, los otros los tenia ya vendidos. Compramos un animal que pesaba en carne, según nuestras estimaciones, unos 25 kilos o un poco mas. Transportar un animal de cincuenta kilos por camino escabroso como el que teníamos que hacer de vuelta no era nada de fácil pero decidimos llevarlo vivo, maniatado, y colgando de un tronco de árbol que seria portado por dos hombres que se turnarían de tiempo en tiempo. Llegamos de regreso, muy felices con nuestro chancho a pesar de la fatiga del viaje y en la asamblea de la tarde destinada a la programación de las actividades de los días siguientes, abordamos también el punto de quienes se encargarían al día siguiente de sacrificar el chancho y de cocinarlo. Dije que no se necesitaban mas de cuatro compañeros para la faena, pero lo importante era que entre ellos alguien conociera del faenamiento y de la preparación culinaria. Un estudiante de economía, relativamente maduro, dijo que él sabia y que él se encargaría de dirigir el equipo. Perfecto, dije yo, que todo esté listo entonces para comer hacia las 5 de la tarde.

Al día siguiente, acompañado de dos estudiantes, yo había programado hacer un transecto por un sendero de montaña que significaba cubrir una distancia de 10 km. Salimos temprano, a las siete y media de la mañana, muy contentos con la perspectiva de nuestra comida de la tarde. En nuestra excursión no íbamos a comer otra cosa que una barra de chocolate cada uno y algunos mangos encontrados en el camino. Había que dejar espacio para la carne, las papas y la ensalada…En realidad de solo pensar nos chupábamos ya los dedos…

Hacía ya algunos días que yo había terminado mi stock de habanos y al regreso de nuestra excursión dije a mis compañeros que sigan solos hasta el campamento, que yo iba a hacer un pequeño desvío para comprar unos cazadores, los únicos habanos que vendía un precario boliche situado en los alrededores. Los cazadores (de mosquitos) eran unos cigarros de color marrón oscuro, cuyo nombre derivado de su gusto un poco amargo y del humo fuerte que despedía, a falta de otra cosa podía pasar por una delicia después de un buen asado de chancho. Fumándome ya uno, hacia las cinco y media de la tarde llegué al campamento y me sorprendió que no había ningún preparativo para el almuerzo-cena de ese día, la mayoría de los estudiantes estaba ausente y dirigiéndome a la cocina encontré al chef del equipo, le pregunté qué pasaba y me dijo que ya todo el mundo había ya comido pero que a mi me habían guardado mi parte. Dicho esto, fue hacia un simulacro de despensa que habíamos construido, sacó de allí un plato y me lo presentó: menos de cien gramos de chicharrones. Pregunté:  ¿Y esta es la ración que le toco a todos? Si, me dijo sin alterarse. No tuve mas que creerle, pero me quedé con una interrogación: ¿Como se las ingeniaron estos cocineros para despedazar a tal punto el animal y convertirlo enteramente en chicharrones los unos mas recocidos que los otros ? Todo el mundo sabe que un chancho se reduce a su mínima expresión transformado en chicharrón. Dije que no tenia apetito, cogí dos mangos que tenia en mi reserva y me fui a la colina mas próxima del campamento desde donde se gozaba de una excelente panorámica y para curar mi frustración encendí un gran cazadores que fumé parsimoniosamente con la sensación de deleitarme con un H. Hupmann o un Churchill de calidad.

Un día llegó el director de nuestra Escuela para quedarse en el campamento alrededor de dos semanas. Era un hombre ejecutivo y de iniciativa, economista de profesión, de buena familia cubana, bien relacionado con los círculos dirigentes y que buscaba hacer méritos para un cargo de importancia. Yo le tenia una cierta estimación porque a pesar de ciertos rasgos de autoritarismo en el ejercicio de sus funciones sus iniciativas y dinamismo me merecían respeto. Esta operación de la Universidad al Campo era una idea de Fidel y él sabia que iba a tener repercusión, razón por la cual había asumido la dirección de la Escuela un par de semanas antes de la decisión de enviar profesores y estudiantes a la Sierra Maestra. Mas tarde llegaría a ser Presidente del Banco Central y después Delegado cubano al COMECON, el mercado común de los países comunistas.

Un día el Director me dijo que quería visitar el campamento de Loma Azul y me preguntó si yo podía acompañarlo. Dije que si, que tenia interés en conocer esa parte de la sierra donde se había instalado un campamento con un pequeño número de estudiantes de geología y de suelos. Se decía que esas montañas eran ricas en recursos naturales y valía la pena su exploración. Tres horas de marcha y llegamos a Loma Azul. La vida en ese campamento no era mejor que en el nuestro, la carne faltaba desde hacia dos semanas en la alimentación, la lluvia era abundante y el trabajo difícil. Pero había un problema que era mas grave que en el nuestro: una plaga de pulgas instalada en las viejas casas abandonadas, donde habitaban, hacía muy difícil la vida de todos. Tenían que resolver con urgencia la evacuación de un geólogo checoslovaco, Dr. Prof., de la Universidad de Cracovia, un hombre corpulento, rubio y de piel muy blanca, sobre el cual las pulgas se habían encarnizado, tenia inflamaciones en todos los lugares sensibles y en la cintura donde una banda ancha de picazones le enrojecía la mayor parte del vientre. Tenia fiebre desde el día anterior y lo único que pedía era que lo llevaran lo mas pronto posible a un hospital. Lo montaron sobre una mula, o mas bien lo cargaron, y dos estudiantes se encargaron de acompañarlo al llano, al “cuartel general” de Las Mercedes. Fue enviado a un hospital de la Habana y de allí regresó rápidamente a su país de origen, terminando asi una cooperación que recién estaba comenzando y que tendía a reforzar el programa de la Universidad a la Sierra.

El día se nos hizo corto en Loma Azul y ya en plena noche nuestro director decidió que era necesario volver a nuestro campamento de origen pues tenia que encontrar a visitantes que venían allí conversar con él. Me quedé con la duda si era ésta la razón verdadera o mas bien el miedo a ser devorado por las pulgas, duda tanto mas justificada que al día siguiente los visitantes no aparecieron. Caminar de noche sobre un lecho de río de montaña, escabroso, lleno de roqueríos y rupturas de pendiente, representa un verdadero desafío para los no conocedores del terreno, de manera que la marcha se hace lenta, a tropezones y frecuentes caídas, si no se hace acompañar de un baqueano. La noche era cerrada y teníamos que tantear el terreno antes de dar un paso. Nuestra situación se hizo mas grave con la lluvia que aumentaba en intensidad a medida que la noche avanzaba, preguntándonos cuanto tiempo ella iba a durar y cuando íbamos a tener una visibilidad mínima para mejor encontrar donde poníamos los pies…

Empezamos a sentir cansancio y la lluvia no se detenía, avanzábamos lentamente y era muy difícil reconocer en qué trecho del camino nos encontrábamos. Calculé que habíamos andando unas cuatro horas cuando mi compañero dijo que debíamos esperar la amanecida para continuar nuestro camino porque tenia la impresión de que nos habíamos desviado de la ruta en un afluente del río principal que seguíamos. Nos cobijamos debajo de unos matorrales muy densos no muy lejos del río, la lluvia había amainado un poco y pudimos dormir un par de horas antes de que llegue el alba. Cuando hubo claridad nos despertamos penosamente, teníamos el cuerpo engarrotado y penosamente nos pusimos de pie, miramos hacia el valle y tuvimos la sorpresa de ver que nuestro campamento se encontraba a solo unos 250 metros mas abajo. Habíamos pasado la noche bajo las matas simplemente porque estábamos perdidos y no teníamos ninguna certeza del sitio donde nos encontrábamos. ¿Quien iba a imagina en esa época la existencia de un GPS?

 

 

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