DE LA INVISIBILIDAD A LA LUZ

¿Ir al Ecuador? Nunca me lo habia imaginado, pensaba mas bien en México o en América Central, países cuyo aspecto caluroso, colorido y diversificado me atraían mucho mas. Mis informaciones sobre el Ecuador eran mínimas: un país amigo permanente de Chile por razones de estrategia política, pues no tenían entre ellos fronteras comunes, contrariamente al Perú, Colombia, o Brasil, países con los cuales existían litigios históricos. De su población, sabía que en su gran mayoría eran indígenas pero en mi época de estudiante yo no habia conocido sino dos estudiantes blancos y uno mestizo que mostraba bien el perfil del llamado chullita quiteño. Los dos primeros eran estudiantes de Odontología uno, y de Medicina el otro, sus apellidos no dejaban dudas sobre su pertenencia a la clase gobernante: Villagómez y Rodríguez Eguiguren. El tercero, pertenecía al mundo mestizo urbano y vivía emigrado en Santiago viviendo de actividades varias. Mas allá…no me interesaba particularmente.

Mi primera visita, sin embargo, iba a estar decidida casi por la suerte. En efecto, a tres o cuatro anos después del golpe de Estado en Chile, la mayor parte de los países del continente habían recibido numerosos chilenos arrancando de la dictadura y por eso negaban sistemáticamente la visa a los nacionales chilenos. Fuera de eso, el único pasaporte que yo podía mostrar en esos años era uno acordado por la Convención de Ginebra (en realidad de apátrida) hándicap evidente frente a los controles de migración, tanto mas que el aspecto material del documento era poco estimado (cubierta de tela de jean, azul desteñido, poco corriente...). El país que aceptó de buen grado mi entrada como investigador social fue, paradoxalmente, el Ecuador, país gobernado por una Junta Militar que estaba apoyada políticamente por la izquierda. Mi condición de pertenencia al CNRS francés evidentemente que facilitó las cosas.

Al salir del aeropuerto en Quito, con ocasión de mi primer viaje de estudios en 1978, de golpe me encontré con el mundo indígena andino: observé que en el espacio exterior al aeropuerto y en las calles adyacentes pululaban hombres y mujeres diferentemente vestidos, los hombres mas bien portando ponchos y sombreros de estilos y diseños diferentes. Las mujeres portando vestimentas mas coloridas, faldas decoradas y blusas bordadas con gran variedad de diseños y colores que les permitía ser identificables en su diferencia. Los signos distintivos de sus lugares de origen, o de sus mundos comunitarios, creaban este ambiente de diversidad colorida que se apreciaba en torno al aeropuerto. Mas adelante me daría cuenta que los indígenas eran la población dominante en la ciudad capital, como en todo el país por añadidura.

Mi primera misión a Ecuador fue por cuenta del GRAL y consistía en organizar, conjuntamente con un equipo de ruralistas de la FLACSO un Coloquio sobre los puntos relevantes de la evolución agraria reciente en América Latina. Eran los tiempos del auge de la sociología rural en el continente y esta disciplina estaba guiada por principios ideológicos que tendían a sobre valorizar el campesinado mas allá de la complejidad y de la diversidad del mundo rural. Su rol político, sus alianzas “de clase”, sus capacidades de organización, el rol de las cooperativas y de los sindicatos fueron objeto central de las discusiones. Yo estaba siguiendo en este tiempo la transición de la agricultura bajo la dictadura militar y aunque era un poco mi obsesión, me llamó la atención sin embargo la ausencia completa de inquietudes y estudios sobre la presencia indígena en la escena rural de muchos países del continente. Terminado el Coloquio interpelé a varios de los colegas participantes sobre lo que me parecía el “gran ausente”, precisamente en el país donde se realizaba este encuentro marcado por las inquietudes sociológicas. Me quedé sin respuesta satisfactoria, los indios parecían esfumarse, como en la bruma de las alturas, en las elucubraciones intelectuales   de esos tiempos.  

Fuera de la organización de tal Coloquio yo debía aprovechar mi estadía de un mes en el país para sondear las condiciones existentes a la realización de un programa de investigación personal como parte de mis compromisos con mi Centro de estudios en Toulouse. Yo no tenía muy claro cual iba a ser el contenido de esas investigaciones  porque estaba tironeado por, asi decirlo, entre intereses que iban desde el desarrollo en general de la agricultura y el campesinado andino, a los temas de la organización cooperativa y sindical asi como del rol político de los habitantes rurales en la vida nacional y local. Debía descubrir cual podría ser el eje director de los estudios por emprender y por eso me puse a indagar entre los participantes en el Coloquio sobre lugares de posible interés para unos primeros sondeos, me interesaba por situaciones que salieran de lo común o por el señalamiento de grupos de campesinos en alguna región que estuvieran evolucionando a la modernidad con perspectivas originales. Carlos Furche, economista chileno que hacía sus primeras armas trabajando en una agencia importante de desarrollo rural ecuatoriana entendió bien el sentido de mis preocupaciones y me dijo: ”anda a visitar la Confederación Shuar en Sucúa, estoy seguro que te va a interesar”.

Lo que hacían los Shuar (jíbaros para los españoles ) no era mas la reducción de cabezas humanas (practicada contra enemigos prisioneros) que había sido abandonada por allá por los años 30) sino que estaban empeñados en plena Región Amazónica en una experiencia de entrada temprana en la modernidad que me pareció importante ir a observar de cerca. Me pareció una empresa sorprendentemente bien guiada y de la cual por cierto yo iba a sacar muchas enseñanzas útiles para enfocar mis investigaciones en el país. El encuentro con los dirigentes de la organización indígena selvática fue algo que no olvidaré jamás y tampoco mi compañera de viaje que iba a ser mi compañera para el resto de mis días. Miguel Tankamash, presidente, y otros miembros de la dirección de la Federación de Centros Shuars no tuvieron inconveniente en recibirnos: caímos en un buen momento, porque estaban a la espera de comenzar una Asamblea de Centros Shuars, con representantes venidos de la selva enviados por los diferentes establecimientos Shuar (Centros). Yo me presenté diciendo que era geógrafo, pero sobre todo, que venía saliendo de la experiencia de la izquierda chilena y me interesaba en el desarrollo político de los pueblos indígenas porque ellos constituían a mi juicio los actores faltantes en el mejoramiento del juego democrático. Les gustó este planteo y dándose cuenta de que yo no venía en “antropófago” como llamaban ellos a los etnólogos y antropólogos que iban a visitarlos a veces con intención de estudiarlos (“como bichos raros” según ellos). Un diálogo abierto y franco tuvo lugar con ellos y luego me invitaron, y también a mi acompañante, Paulette, a asistir a la Asamblea de Centros Shuars que estaba programada para esa tarde.

Impresionante el desarrollo de la asamblea: era como asistir a los orígenes de la democracia directa, nada de restricciones de palabra, nada de imposiciones autoritarias de la mesa que presidía, pero un orden y atención sostenidos. Pueblo acostumbrado a la comunicación oral, los oradores que se sucedían se tomaban su tiempo, podría decirse que manejaban la palabra con placer, asumiendo por lo general posturas casi teatrales, con lo cual hacían resaltar todavía mas su aspecto de hombres musculosos y bronceados ataviados con los signos distintivos de su tradición etno selvática, signos imponentes por ellos mismos. No entendimos nada de lo que se discutía porque toda la discusión se hizo en lengua Shuar, lengua aglutinante muy próxima al oído y a la escritura de las lenguas eslavas, pese a que de tiempo en tiempo se intercalaba alguna expresión española. Terminada la Asamblea los dirigentes nos resumieron lo que había sido el objeto de la discusión y luego de un pequeño intercambio nos preguntaron si nos interesaba  hacer la visita de algunos Centros Shuar, posiblemente los mas accesibles desde Sucúa, que estaban a unos 8 o 10 km de distancia.   

La visita a los Centros Shuars y su modo de organizar la vida colectiva, la experiencia exitosa de sus Escuelas Radiofónicas Bilingües (las primeras en América Latina), el carácter de los programas productivos que tenían en curso, la relación estrecha de los líderes con la población, la visión generalizada en cuanto al futuro que todos los Shuars enunciaban con gran optimismo, todo ello llevaba la marca de un pueblo que ya no se consideraba en peligro de desaparecer y, por el contrario, era como el poseedor de una clave para el camino de otros pueblos autóctonos hacia la modernidad. Me dio la impresión que los Shuars, después de un largo trabajo de una Misión Salesiana de origen europeo (dominando los misioneros italianos y checos) habían integrado plenamente en la conciencia colectiva el principio de una transición gradual o controlada hacia la modernidad. Sus relaciones con el Estado eran concebidas a la vez como confrontación y colaboración: participación en el juego democrático pero defensa permanente de sus recursos territoriales, cuya última expresión habría de ser la autonomía territorial. 

Fue esta experiencia la que me permitió perfilar el proyecto de investigación que yo debía llevar a cabo en Ecuador: hacer todo lo que estaba en mi mano hacer para darle visibilidad política a los indígenas de la Sierra. Es decir que debía de cierta manera producir un desplazamiento disciplinario obligado, porque la espina dorsal de mis futuros trabajos iba a estar orientada por nociones ligadas principalmente a la ciencia política y a la antropología. Me parecía que los indígenas, irrumpiendo como nuevos actores en el escenario de la política habrían de provocar un proceso de renovación y fortalecimiento de la democracia ecuatoriana.

Por cierto, todo iba a depender de mis posibilidades de entrada en un mundo que en general era poco frecuentado por el común de los no indígenas y por cierto de los contactos personales que podría establecer con los sujetos que me interesaban. Entre esos primeros contactos tuve la suerte de encontrarme, gracias a la que iba a ser mi compañera de vida, con Luis Macas, joven indígena de Saraguro, quien terminada su carrera de abogado, estaba integrando un equipo universitario que se interesaba en llevar a cabo un programa de Alfabetización Bilingüe entre los indigenas. Pero Luis Macas no se interesaba solamente en esto, sino que sus miras eran mucho mas amplias y tenían que ver con todo el destino de la sociedad indígena. Nos entendimos fácilmente y comenzamos una amistad duradera que iba a asociar actividades de terreno en las comunidades, discusiones de carácter político y relativas a las ideas circulantes en torno al desarrollo y lo que ello podría implicar para las comunidades, pero también actividades o visitas de distracción, de sociabilidad en las comunidades, o entre nosotros: él y su esposa, la economista Rosa Vacacela, y yo y Paulette Marcou, mi compañera, médica ocupada de la medicina indígena. En todos esos desplazamientos por las alturas andinas, el Jeep Renegado conducido por Paulette iba a ser esencial.

De todas esas experiencias, yo fui afirmando mis primeras convicciones y un día publiqué un primer artículo que hizo escándalo en los medios indígenas y de la izquierda ecuatoriana pues en él se postulaba la tesis de que en Ecuador no era tanto el Estado el que estaba frenando la emergencia política y social de los indígenas sino que eran mas bien la izquierda marxista (PC y otras tendencias) y también la Iglesia Católica (“El caso del ECUARRUNARI”, revista Nariz del Diablo n° 7, 1981). Siguieron otras publicaciones en la misma línea de pensamiento, y el ambiente intelectual quiteño empezó removerse. Por su lado, Luis Macas se fue afirmando cada vez mas como el líder escuchado en las comunidades y como organizador de un proceso de coordinación de iniciativas viniendo de diferentes grupos étnicos que culminaría en 1984 con dos iniciativas mayores: una, la creación del Instituto Científico de Culturas Indígenas (con nuestro modesto apoyo financiero) donde se iban a expresar los primeros intelectuales indígenas y, tal vez lo mas importante, como marco institucional para la creación de la Coordinación Nacional de las Nacionalidades Indígenas, que muy pronto devendría la bien conocida CONAIE, la organización mas representativa de la diversidad indígena en Ecuador.

Después de sendos levantamientos indígenas que terminaron con la caída sucesiva de tres presidentes de la República, Luis Macas devino el líder indígena mas prestigioso del Ecuador y si no fue el primer presidente indígena del país fue mas bien por su modestia, su timidez y cierta falta de confianza en si mismo. Todo estaba sin embargo invitándolo a ser candidato a la presidencia con grandes posibilidades de triunfo. En el gobierno del coronel Gutiérrez, que se impone en un contexto de vacío de poder creado por los levantamientos indígenas, será nombrado Ministro de Agricultura, puesto que dejará con la ruptura de la alianza electoral pasada con el movimiento indígena representado por la CONAIE y el indígena Partido Pachakutik.

Para abreviar la historia de ese encuentro inesperado y fructífero con Luis Macas a finales de los 70 y con tantos otros que me condujeron hasta el interior de las comunidades indígenas, diré que sigue hoy siendo el líder carismático de los indígenas de su país y que se ha transformado en una personalidad internacional, a quien se invita a los foros de los pueblos autóctonos latinoamericanos donde se le escucha con gran atención. Fue con ocasión de una invitación de este tipo que después de cerca de veinticinco años sin vernos volvimos a  encontrarnos en el sur austral de Chile y reanudamos nuestra vieja amistad. Fue con ocasión del IV Congreso Lafkenche celebrado en Hornopirén, en la Patagonia norte, a 30 km de Cholgo, el lugar donde pasamos los veranos con mi compañera. Por esos azares de la vida, una mañana de fines de febrero del 2014 Paulette acababa de prender un aparato de radio que le habían prestado la víspera (para conectarse con el mundo exterior) y se pudo enterar de la noticia que nuestro amigo Lucho Macas se encontraba ese mismo día por la tarde en la inauguración del evento señalado en Hornopirén. 

Fuimos al lugar del Congreso, nosotros conociendo la noticia de su presencia allí pero él sin ninguna sospecha de nuestra existencia en esas latitudes, creyéndonos en Francia, de manera que nuestro encuentro fue muy emocionante para nosotros y para él. De repente, bajando a la calle por unas escaleras acompañado de un organizador del evento escucha una voz que lo interpela: “taita Lucho, a dónde hay que venir a buscarlo para tener el gusto de verlo saludarlo? Era Paulette quien le hablaba desde el jeep y a él le costó unos buenos segundos reconocerla y también reconocerme a mi. Se quedó mudo un momento y luego se le humedecieron los ojos, su emoción fue enorme y para nosotros fue un instante conmovedor y maravilloso, de esos que no se olvidan.

Pudimos conversar, preguntar por su familia, por la gente conocida en las comunidades, discutir del estado actual de la condición indígena en Ecuador, de las organizaciones indígenas y de la situación política en general. Preguntamos sobre todo por nuestros amigos de Saraguro de donde él es originario. Lo llevamos a nuestra casa por un espacio de dos horas y lo devolvimos después a una reunión social, tarde en la noche, con los organizadores del Congreso. Debo decir que yo no estaba muy seguro de cómo habían evolucionado nuestras relaciones personales después de algunos análisis poco favorables a la CONAIE y en particular de haber escrito yo un artículo muy crítico sobre el camino que estaba tomando el movimiento indígena hacia fines de los 90 (“Cuando las élites dirigentes giran en redondo: el caso de los liderazgos indígenas en Ecuador”), pero al tocar el tema, él reconoció que no lo habia leído pero que mis comentarios críticos en ese entonces eran razonables y que él personalmente lamentaba que el movimiento indígena hubiera perdido, en gran parte por su culpa, una oportunidad histórica de llegar al poder.  

Antes de separarnos, prometimos que volveríamos a vernos en Ecuador, a donde iríamos principalmente para visitar a los amigos indígenas y a continuar nuestro diálogo amistoso y fraternal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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