CRISIS EN FRANCIA, CRISIS DE LA DEMOCRACIA

 

Roberto Santana

16/12/2018

La crisis política desencadenada en Francia por los “chalecos amarillos” merece ser analizada no solamente en relación a sus reivindicaciones puntuales de orden económico sino en sus implicaciones democráticas, porque se inscribe en un contexto de distanciamiento de la sociedad del sistema político y de la institucionalidad del Estado que abre el camino al autoritarismo populista o a la dictadura.

Desde el punto de vista político, el triunfo de Macron en el 2017 fue a la vez una ruptura con el funcionamiento de un sistema democrático fatigado, en el cual el electorado se alejaba de mas en mas de los partidos políticos que se alternaban en el poder, pero a la vez fue la entrada en un terreno desconocido puesto que se trataba de encontrar o de construir otro modo de funcionamiento de la gouvernanza al interior de la institucionalidad existente. De otro lado, desde el punto de vista económico, su triunfo portaba la esperanza de superar la estagnación de la economía francesa que se arrastraba desde una trentena de años y que provocaba consecuencias de mas en mas agravantes en términos de desigualdades sociales y de la cohesión social.

Una vez en el poder, Macron va a encontrarse  sin oposición política puesto que el sistema de partidos hasta allí existente está en completa descomposición y en repliegue víctima de la desaprobación y del rechazo por el cuerpo electoral. Las instancias de representación territoriales ( regionales, comunales et intercomunales ) permanecen sin embargo en manos de la mayoría precedente por efectos del desfasaje del calendario electoral, pero el nuevo presidente fuerte de una inmensa mayoría parlamentaria les otorga escasa consideración y de cierta manera los subestima, sin duda un grave primer error táctico. En cuanto a los sindicatos, también muy desprestigiados por su conservadurismo y sus lazos con los partidos, trataron de oponerse a las primeras reformas del nuevo gobierno pero no lograron realizar movilizaciones masivas para oponerse. De tal manera, sorprendentemente, el presidente Macron va a encontrarse sólo frente al pueblo, con sus ministro y su holgada mayoría en la Asamblea Nacional. Nada saludable por cierto, como lo demostrarán los “chalecos amarillos” .

A favor de un tal contexto político y siguiendo la idea bien afirmada de Macron que la Francia es un país difícil de reformar  y que por lo mismo lo esencial de su programa debería hacerse en los dos primeros años de mandato, desde el primer año una serie de reformas tocando a la moralización de la vida política, a la educación, con medidas destinadas a crear las condiciones desde la escolaridad para contribuir a vencer desde abajo la desigualdad social; otras tocando a los impuestos y al código del trabajo, destinadas principalmente a darle confianza a los empresarios, a facilitar el acceso al empleo de los cesantes por la vía de reforzar el sistema de formación profesional, a estimular las negociaciones directas entre trabajadores (representados por el sindicato)  y empresarios. Otra de las reformas importantes tocó al gran consorcio de los ferrocarriles del Estado, con vista eliminar las trabas estructurales para aumentar su rentabilidad y terminar con estatutos privilegiados de su personal.

El gobierno sabía que los resultados de las nuevas medidas no se verían sino a la vuelta de dos o tres años pero se equivocó en considerar que las capas menos favorecidas de la población iban a soportar una espera larga antes que el gobierno despliegue un programa de protección social que debía acompañar la liberalización de la economía, manera de compensar la estagnación relativa del poder de compra. Segundo error táctico del gobierno, pero que no cuestionaba la estrategia general.

El disparador que hizo emerger la movilización de los “chalecos amarillos” fue la aplicación de impuestos a los carburantes (el gobierno honorando asi los acuerdos de Paris para luchar contra el recalentamiento climático) que coincidió con el aumento del precio del petróleo por un breve periodo. Para sectores sociales obligados a circular cotidianamente en vehículo, para ir al trabajo o abastecerse o acudir a algún servicio, estas decisiones fueron las que llenaron el vaso y decidieron pasar al acto, encolerizados. ¿Quienes son? Habitantes de las zonas rurales donde los pueblos han ido paulatinamente perdiendo población, vigor económico y sus lugares de sociabilidad, todo ello absorbido por la inexorable tendencia a la concentración urbana; habitantes de antiguas zonas mineras u otras golpeadas por la mundialización y en dificultad para reconstruir sus economías y también habitantes de zonas peri urbanas relativamente alejadas de la gran ciudad, ni pobres ni ricos, propietarios y poseedores de un vehiculo o dos, obligados a una movilidad cotidiana  para ir al trabajo, para ir a médico u otro servicio, para aprovisionarse, para ir al cine…ellos, consumidores de carburante, soportan muy mal todo lo que afecta su libertad de movimiento y consideran la política del gobierno como un atentado a la libertad de circulación. 

Al lado de la reivindicación sobre los carburantes, el disparador permitió que rápidamente aflorasen otras reivindicaciones, principalmente dos: uno, el cuestionamiento de todo el sistema impositivo por considerarlo excesivo e injusto y dos, la estagnación o mismo la degradación del poder de compra, dos razones por las cuales la opinión mayoritaria de los franceses estuvo de acuerdo con la movilización de protesta de los “chalecos amarillos” en sus comienzos, de cierta manera esa minoría de manifestantes venía a expresar un sentimiento relativamente generalizado en la sociedad.  Con los días iba a aparecer la reivindicación de un referéndum popular (Referendo de Iniciativa Ciudadana) permitiendo la destitución de representantes elegidos, incluido el Presidente de la república. En todo caso, la idea de legislar sobre un referéndum  de iniciativa ciudadana ( su contenido a determinar )parece hacer su camino en el seno del gobierno.

En su momento clímax, la movilización sobre el terreno no fue mas allá de 330 000 manifestantes, es decir una minoría minoría de la población francesa. Y después de las violencias de Paris del 1° y 8 de diciembre y de las medidas acordadas para ayudar a los sectores en mayor dificultad (discurso del presidente Macron, 10/12) los manifestantes se han ido reduciendo y hoy no representan sino algunas decenas de miles, pero siguen movilizados obstruyendo la circulación en las grandes rutas y sirviendo de ejemplo para la aparición de otros sectores movilizados, en particular los liceanos y los trabajadores sindicalizados en la CGT. Las medidas acordadas por el gobierno representan un esfuerzo financiero considerable, calculado en 10 mil millones de euros y favoreciendo a 30 millones de franceses fueron consideradas insuficientes por los “chalecos amarillos”, pero para el gobierno representa un golpe duro en la perspectiva de mantener la coherencia de su política.

En todo caso, la violencia manifestada en Paris y otras ciudades de Francia, no hay que atribuirla tanto al movimiento espontáneo de sectores en dificulté sino a la infiltración de la extrema derecha, de la extrema izquierda y sobre todo de los llamados “casseurs” (varios miles de personas extremistas que no creen en nadie ni en nada y que aprovechan toda oportunidad para provocar destrucción). El costo de los destrozos ocasionados por la violencia a la propiedad privada y publica y las pérdidas infligidas para la economía no han sido todavía calculadas pero suman cifras muy elevadas.

Este tipo de movilización social espontánea es inédito en la historia política del país porque implica apenas una minoría de la población al margen de toda dependencia política pero cuenta con la opinión favorable y el soporte de un alto porcentaje de la opinión nacional. Ella no es comparable a las movilizaciones de mayo 68 porque no obedece a ninguna ideología ni a ningún marco político claro como para postular un cambio de sistema social o cultural. Tampoco se puede comparar al movimiento de los “sans culottes” de la revolución de 1789 puesto que allí se trataba de capas empobrecidas y miserables mientras que con los “chalecos amarillos” están sobretodo capas medias mayormente en dificultad: comerciantes , artesanos, pequeños empresarios, empleados de salarios modestos.

El denominador común que les ha motivado y movilizado es la cólera, sentimiento o emoción que parece concentrar todas las frustraciones y la rabia acumulada desde mucho tiempo contra todos los gobiernos, contra los políticos de todo bordo, contra el presidente Macron y en definitiva contra el Estado. Ya antes de la elección presidencial de 2017 las estadísticas psicológicas daban cuenta del estado emocional de la población francesa: un 52% de los encuestados se declaraba “muy encolerizados” por el estado de la situación en el país. Como se sabe, cuando la cólera social se expresa colectivamente no hay razonamiento que valga, la negociación es imposible y la consigna es continuar el movimiento hasta sus ultimas consecuencias. Es lo que pasa a continuación con una nueva movilización en Paris pese a los llamados a la calma y a renunciar a este acto V de la movilización (sábado 15/12), lanzados por el gobierno y también por representantes de diferentes sectores políticos. Lo que ocurrió  ayer, contrariamente a lo que muchos temían  y otros esperaban, fue una muy débil participación, esta vez sin violencia gracias al despliegue policial.

Un aspecto interesante a destacar es que la gran mayoría de las personas manifestando en Paris desde que comenzó el movimiento no pertenecen a  la población de la capital sino que vienen de afuera, de la provincias, de las aglomeraciones peri- urbanas de grandes ciudades o de los territorios rurales o de zonas que han sufrido por la cesación de actividades tradicionales (zonas mineras, o zonas textiles antiguas). La población parisina ha actuado como espectadora, la clase media no se ha movido y la periferia ( o banlieus) ha permanecido tranquila contrariamente a otras ocasiones, de manera que las dos grandes jornadas marcadas en Paris por la violencia y la destrucción de bienes corresponden sobre todo a sectores sociales viniendo de territorios non metropolitanos. Esto explica que fuera de Paris y otras grandes ciudades, los otros lugares de intervención des “chalecos amarillos” sean las rotondas de la red de carreteras, en particular los puntos neurálgicos en las grandes rutas, lugares donde se han instalado noche y día para bloquear o filtrar el tráfico. Desde esta perspectiva la movilización aparece como un movimiento contestatario de la centralización capitalina y de una subestimación de los territorios non metropolitanos.

Otro aspecto interesante y a la vez inquietante de la movilización de los “chalecos amarillos” es el rol que han jugado las redes sociales , principalmente Facebook, pues allí nació la idea de manifestar el descontento, las primeras consignas y los llamados a la protesta, a reunirse y manifestar. Allí aparecieron los iniciadores o representantes improvisados de un movimiento sin etiqueta política pero que quedará en la consciencia de los franceses como una experiencia susceptible de ser reproducida y de hacerse oír sin intermediarios por el poder público, o tal vez de ir mas lejos y hacer caer un gobierno. A esto hay que agregar la contribución importante en la promoción del movimiento jugada por los canales de la televisión continua, fenómenos que merecen un debate público por sus implicaciones en términos del funcionamiento de las instituciones democráticas y del cuestionamiento o subestimación de la representación popular en sus diversos niveles. Es la cuestión de cómo hacer mas viva la vida democrática, de cómo crear instancias que satisfagan el deseo de la población de hacerse oír por los gobiernos elegidos, problemática  a la cual se enfrentan todas las democracias occidentales. Un dato interesante para terminar: según las encuestas de ayer o anteayer son la extrema derecha del ex Frente Nacional y otras pequeñas formaciones populistas las principales beneficiarias de la movilización de los “chalecos amarillos”. Por ahora,  pues está por verse si éstos van a ser capaces de constituirse en movimiento político autónomo en la perspectiva de las elecciones europeas de mayo 2019.

 

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